Por Manuel Bermejo
DIRECTOR DE PROGRAMAS PARA LA ALTA DIRECCIÓN DE IE BUSINESS SCHOOL
Impregnado del espíritu “back to basics”, receta ya clásica para entender qué pasa en el mundo y aprender cómo salir de esta compleja tesitura, he acudido los primeros días del año a mis orígenes, La Vera (Cáceres), en busca de inspiración y energías para afrontar este 2.009.
Como siempre que puedo, he vuelto a visitar el monasterio de Yuste, bellísimo lugar elegido por el gran emperador Carlos V para pasar sus últimos días, tras abdicar en la figura de su hijo Felipe II y su hermano Fernando. Allí partió el hombre más poderoso de su tiempo desde Bruselas un 8 de agosto de 1.556 para llegar finalmente al monasterio el 3 de Febrero de 1.557, donde reside hasta su muerte el 21 de septiembre de 1.558 a las dos de la mañana. Sus 58 años fueron de una frenética actividad tratando de mantener una Europa Unida, en luchas de religión con los turcos y sofocando revueltas de las diferentes comunidades de España. ¡Han pasado casi cinco siglos y estas cosas suenan tan actuales!
En el descenso de Yuste hasta Cuacos existe un coqueto cementerio alemán (Deutscher Soldatenfriedhof) donde descansan los restos de 180 solados alemanes caídos en las dos guerras mundiales y cuyos cuerpos llegaron a territorio español, donde se encontraban sepultados hasta que esta iniciativa les ha reunido desde junio de 1.983. El horror de las guerras del siglo XX que creíamos olvidado y que, por desgracia, se reaviva cada poco tiempo. Escribo este post cuando leo en Internet los terribles efectos del último atentado suicida en Bagdad y las noticias del asedio israelí a la franja de Gaza.
Aunque los avances en muchos terrenos son evidentes en la sociedad avanzada del siglo XXI, lo cierto es que en la raíz de los grandes problemas de la humanidad hemos demostrado haber aprendido muy poco. Los orígenes de las disputas siguen siendo los mismos y en los mecanismos para su resolución siempre se recurre a los mamporrazos, con útiles más o menos sofisticados.
Como me decía un viejo amigo del lugar, con el laconismo y pragmatismo propio del hombre de campo,” donde no hay mata, no hay patata”.



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